La poeta que soy.
La poeta que soy
se alimenta de emociones,
de sentimientos que hieren y curan.
Soy la guardiana de mis propias palabras,
la dueña de mis sentimientos,
la poeta que escribe con el alma,
pero no siempre es fácil encontrar
la sangre de mi corazón.
Con el dolor que he soportado,
soy siempre poeta, nunca poema.
Porque la verdadera obra de arte
no es la palabra escrita,
sino el alma que late detrás,
donde las palabras nacen,
donde el alma se expresa.
Siempre la poeta, nunca el poema,
me lo digo a mí misma como un mantra.
Pero la sensibilidad no debería sentirse
como una herida en el pecho,
y a veces es difícil
no dejar que el dolor me defina.
La poeta que soy es una guerrera,
que lucha con sus propias sombras.
Es la dueña de sus propias historias,
de sus propios secretos,
de sus propias verdades
y de sus propias mentiras.
En el espejo veo reflejada
la poeta que soy,
la que siente y ama
con cada fibra de su ser,
con cada latido de su corazón.
Escribe con la tinta de su sangre,
con la luz del sol,
con la oscuridad de la noche.
Con cada verso da voz
a su silencio.
Y así, la pluma sigue trazando
historias de un corazón que late
con pasión y dolor,
susurrando secretos, deseos y miedos,
de hacer tangible lo que mi corazón piensa,
donde la realidad se desvanece
y solo queda la creación.
Y en ese reflejo
veo una fuerza que late,
una energía que fluye,
una pasión que arde,
una poeta que escribe con el alma desnuda,
exponiendo sus entrañas,
sus miedos, sus verdades.
Y aunque el dolor sea fuerte,
la poeta que soy sigue adelante,
sigue escribiendo,
porque en el acto de crear
encuentro mi salvación, mi propósito.
Porque la poesía es mi vida,
mi respiración,
mi forma de expresar,
de sentir,
mi razón de ser.
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