Anatomía de un apego herido.

Habituamos los ojos a la misma luz perpetua,
al eco de los platos,
a la queja del suelo.
Aprendimos a esquivarnos en el pasillo,
a volvernos invisibles detrás del humo del café.

Nos fuimos gastando los nombres de tanto callarlos,
mirando la puerta como quien espera
un milagro o una catástrofe.
Nadie pidió tregua, nadie aceptó la culpa.
Dejamos que los días siguieran cayendo sin hacer ruido
y entonces llegó el frío;
ese frío definitivo que no se quita con cerrar las ventanas.

La cocina olvidó su fuego;
se volvió el rincón donde nos sentamos
a ver cómo se consumía el tiempo.
Dejamos que los reproches se acumularan en las esquinas,
pesados y grises,
porque habitarla se había convertido en una batalla.

Tu ausencia a medio hacer se instaló en la sala,
en la cama que abandonaste,
en la simpleza de tus últimas palabras
y en el olor de un tiempo que aún llevaba tu nombre.
Y cuando hastiado de verme te habías marchado,
ni mi pesadez, que a veces me obligaba a quedarme en casa,
logró retener tus pasos
porque nada de esto te era suficiente.

Nos empeñamos en rompernos,
usando a los hijos como escudos,
cargándolos con el eco de nuestras propias culpas.
Las paredes de la casa temblaban con reproches
que nos fueron apagando los ojos,
marchitando los cuerpos
hasta dejarnos como dos fantasmas
que se disputaban los escombros.

Pero la llamada llegó antes que el divorcio.
Te apagaste allá afuera,
lejos de las ruinas que creamos.

Y es aquí donde todo se quiebra,
porque después de treinta y dos años de entrelazar la vida,
mi cuerpo no sabe cómo odiarte a tiempo completo.
Te maldigo por el desastre y, al segundo siguiente,
te lloro por la sombra del hombre que prometiste ser,
obligándome a extrañar al mismo verdugo
que me cegó los ojos.

Y aquí sigo,
suspendida en un presente que me resulta ajeno.
Te creí el fuerte, el roble que resistiría,
mientras yo me sentía rota,
convencida de que mis huesos cederían antes que los tuyos.

Que la muerte te derribara de un solo golpe
me dejó con una culpa maldita,
repitiéndome que yo debí pasar por eso.
Pero hoy sé que es la trampa de una herida;
una que prefiere enterrarse contigo
antes que sanar en total libertad.

Seguiré aquí porque mi cuerpo resistió la guerra,
y aprenderé a respirar de nuevo,
porque esta vida es mía.

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