Una tristeza pequeña.
Hoy desayuné una tristeza pequeña,
del tamaño de una semilla
No dolía, pero se atascó
entre dos dientes de mi corazón.
La intenté escupir,
pero me dio pena dejarla sola.
Así que me la tragué
con un vaso de agua tibia y resignación.
Me senté en la orilla de la cama,
como si esperara a alguien que ya no llega.
El reloj no se movía,
pero igual hacía ruido.
Pensé en llamarte,
pero no sabía si era domingo o un recuerdo.
Así que escribí tu nombre en la ventana
con el vaho de mi suspiro.
Afuera, una paloma cojeaba
como si también le doliera alguien.
Le lancé una migaja y me miró
como quien ya no quiere favores.
Fui decidida a encender la radio
pero solo hablaba de cosas que no entiendo.
El sofá crujió
como si suspirara por mí.
Abrí un cajón que no abría desde entonces.
Dentro había un calcetín sin pareja
y una carta que no escribí.
A veces me escribo cosas
que no tengo el valor de leer.
Las doblé con cuidado
y las guardé entre unos recibos vencidos.
Allí también viven las promesas
que ya no saben qué prometer.
El día siguió sin mí,
pero no pareció notarlo.
Así que me recosté en el suelo,
para verlo pasar desde abajo.
La lámpara parpadeó una vez,
como si dudara de su luz.
Yo también dudo de la mía.
Sobre todo los martes.
El silencio ya no pesa,
solo se acomoda a mi lado,
como un gato viejo
que ya no pide nada.
Me hice un té
aunque no tenía ganas.
El agua hirvió sin entusiasmo,
como si supiera que no iba a servir de mucho.
En la taza flotaba una hoja
que no recordaba haber puesto.
Tal vez fue el viento.
Tal vez fue el pasado
intentando colarse otra vez.
Pensé en llorar,
pero las lágrimas estaban dormidas.
Así que solo suspiré
como quien barre una casa vacía.
Y pensé,
tal vez la tristeza de hoy
era solo una semilla
esperando no crecer.
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