Eterna ilusión

¿Y si nunca estuviste?
¿Si todo lo que amé fue un eco sin origen,
una figura en la niebla que solo parecía tuya?

Te toqué, o eso creí.
Pero ahora dudo incluso de mis propias manos.
No dejaron huella.
Ni en ti.
Ni en mí.

Hay momentos en que el recuerdo tiembla,
como si supiera que está construido sobre algo falso.
Como un sueño que empieza a deshacerse
cuando la luz entra por la rendija.

Nunca supe bien qué eras.
Amor.
Fantasma.
Invención necesaria.
Un refugio.
Un castigo.

Cada vez que cierro los ojos
te veo con menos nitidez.
Y eso…
eso también duele.

¿Y si te inventé?
¿Si me aferré a ti
porque era más fácil que aceptar la nada?

No eres tú lo que me duele.
Es lo que proyecté en tu forma.
Ese vacío al que llamé “hogar”.
Esa tristeza en la que me sentí a salvo.

Lo eterno no existe.
Pero la ilusión sí.
Y a veces dura más.
Se clava más hondo.
Te arrastra mejor.

No eras real.
Y sin embargo…
todo lo demás,
desde que te fuiste,
parece aún menos.

Tal vez mi dolor
fue solo la forma que encontró el vacío
de tener un nombre.

Te amé sin certeza.
Te lloré sin pruebas.
Y aun así,
fuiste la cosa más cierta que tuve.

Una sombra.
Una grieta.
Un silencio disfrazado de rostro.

Nada quedó.
Ni tus gestos.
Ni tu voz.
Ni siquiera la duda.

Solo esta sensación tibia
de haber sido engañado por mi propio corazón.

No hay consuelo.
No hay regreso.
Solo esta ilusión que no se deshace,
porque ya no tiene de qué soltarse.

Y si algo persiste,
es el eco de lo que no fue,
resonando en mí
como si alguna vez
hubiera tenido forma.

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