EMOCIONES QUE SOLO EXISTEN EN JARRONES.

No es el barro lo que sostiene el tallo,

sino el aire que se queda contenido;

ese espacio que no necesita nombre

para darle un cuerpo a lo perdido.

Hay una luz que solo es bella porque es rota,

filtrada por la sombra de una rama,

un rastro de oro en la herida abierta

que acepta la imperfección de quien la ama.

​Amamos la flor porque su color se apaga,

por esa fragilidad que es valor y no es olvido,

la misma que en el fondo de la arcilla se embriaga

con el eco de aquello que ya se ha ido.

Lo que no se dice es lo que más resuena,

una profundidad que no se puede señalar,

como el agua que en la sombra permanece ajena,

pero nos obliga, de pronto, a respirar.

​Mira el borde donde el tiempo ha puesto el dedo,

esa marca que no es falta, sino historia;

nada está completo en este mundo ciego,

nada es eterno más que en la memoria.

Es hermoso el cristal porque se quiebra,

porque no promete durar hasta mañana,

y en su quietud se siente el peso sordo

de una presencia que el silencio emana.

​La tenue pena de saber que todo muere,

pero aferrarse al instante con más fuerza;

la calma serena que en el alma advierte

que la belleza perfecta nos dispersa.

La interrupción bendita de una luz que danza,

creada por el velo, no por la ausencia.

El significado que en la pausa se afianza,

el pulso de un vacío que es pura presencia.

​Al final, somos nosotros este envase,

un eco que se guarda en la penumbra,

esperando que el tiempo nos repase

con la misma piedad con que nos nombra.

Aceptamos el roce de la grieta,

el valor de ser algo que termina,

pues solo en la vasija más discreta

el alma, por fin libre, se ilumina.


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