El peso de la sombra en el umbral.

​Es un invierno que se instala en los huesos,
un huésped mudo que no pidió permiso,
que apaga las lámparas de los regresos
y desdibuja el borde del compromiso.
Hay un frío que no nace del viento afuera,
sino de un manantial que se ha quedado seco,
una humedad de sombra, una larga espera
donde la voz no encuentra más que su eco.
Se siente en el pecho como un ancla antigua
que se hunde en el lodo de un mar olvidado,
una marea lenta, densa y ambigua,
que arrastra lo que el sol había dejado.
Es mirar el reloj y no encontrar la hora,
ver el paisaje tras un cristal empañado,
donde el color del mundo se descolora
y el jardín se vuelve un campo desolado.
Tiene el sabor de la ceniza en la boca,
de la palabra que se quedó en el nudo,
del golpe suave de la ola en la roca
cuando el cielo se vuelve de plomo y mudo.
Es la fatiga de sostener el párpado
cuando la luz hiere como un alfiler,
el refugio del rincón siempre apartado
donde el mañana no se quiere encender.
Se esconde en la ropa que nadie se pone,
en la silla vacía frente al ventanal,
en el silencio que el olvido dispone
cuando se apaga la música del umbral.
Es caminar con piedras en los bolsillos
por un sendero que no lleva a ninguna parte,
ver cómo pierden su brillo los anillos
y cómo el alma se vuelve un mapa sin arte.
Un peso de plumas que se vuelve de acero,
un nudo de niebla que aprieta las manos,
el paso cansado de un viejo viajero
que ha perdido el rastro de sus hermanos.
Es el otoño que no suelta las hojas,
que las mantiene secas en la rama fría,
mientras el agua de la lluvia las moja
con una persistente y lenta agonía.
Tiene la forma de una carta sin firma,
de un teléfono que nunca quiere sonar,
de una duda que el pecho siempre confirma
y de un naufragio que no conoce el mar.
Es la sed que no se calma con la fuente,
el hambre de algo que no tiene figura,
una sombra que camina entre la gente
buscando el rastro de su propia cordura.
Se manifiesta en el suspiro inconsciente,
en la mirada perdida en el horizonte,
donde el presente se siente tan ausente
como la nieve que corona aquel monte.
Es el crujir de una casa que envejece,
del polvo que cae sobre el piano cerrado,
donde el recuerdo, en vez de luz, ofrece
el perfil de un tiempo que ya fue borrado.
Es la mudez de los pájaros al alba,
cuando el nido está frío y el aire es hostil,
una marea de sombra que nada salva
y que marchita las flores de todo abril.
Un nudo que se aprieta bajo la piel,
una distancia infinita entre dos manos,
el gusto amargo de la hiel y el papel
donde escribimos los planes más lejanos.
Es el peso del ayer sobre los hombros,
una mochila cargada de arena y sal,
caminar descalzo entre los escombros
de lo que fue un palacio de puro cristal.
Es el velo que cae sobre la mirada,
volviendo gris el azul de la esperanza,
una noche que se siente interminable, nada
parece equilibrar ya la balanza.
Es un hueco que no se llena con nada,
una ausencia que tiene cuerpo y tiene voz,
una despedida que fue mal pronunciada
y que cortó el tiempo como una veloz hoz.
Es, al fin, el silencio de los jarrones,
cuando la flor se ha vuelto polvo y olvido,
y quedan solo las oscuras emociones
de haber amado lo que se ha ido.

Comentarios

Entradas populares