El préstamo de nuestras cenizas heredadas
Hola, padre:
Espero que estés bien, donde sea que te encuentres.
Te escribo porque es la única forma que encuentro para entregarte lo que ya no puedo cargar; dejo las palabras aquí para que se queden a tu lado. Necesito que a través de estas líneas sepas todo lo que se quedó guardado.
Préstame tu muerte un rato, solo para entender el frío que te habita. Necesito saber si esta losa de pena que llevo en la espalda es tuya, o es mía, o es simplemente la sombra que nos imita.
Existe en mi pecho un bloque de cemento y de herencia que me dobla el cuerpo hacia la tierra; ese lugar donde ahora estás, donde tu silencio ya no hace guerra y se congelan las esperanzas. Pero la verdad es que nos dejaste una carga demasiado grande, padre. Te has marchado dejando a mi madre con el peso de los años desgastados y el alma rota, a tus hijos intentando sostener el derrumbe de nuestras vidas. Nos ha tocado a nosotros recoger los fragmentos de lo que quedó inconcluso, asumiendo una fortaleza que no pedimos para sanar deudas emocionales que no nos correspondían. ¿Pero era esta la herencia que alguna vez nos merecimos? Y no hablo de dinero ni de cosas materiales; hablo de esencia, de amor, de sostener un hogar que se suponía debías cuidar junto a nosotros. Hablo del vacío que queda en los peldaños de nuestros nombres cuando el que debía enseñarnos a portarlos con orgullo ha dejado los puentes rotos. Nos heredaste la tarea invisible de reconstruir el orgullo de una familia, de buscar en el reflejo de los rincones preguntas sin respuesta, y sé que es tonto reclamar a alguien que ya no está. Por eso, te pido que me prestes tu muerte un rato; no para rendirme, sino para contagiarme de tu quietud. A pesar de este peso, te lo pido en esta carta: préstame tu calma, tus treguas, tus silencios, tu cuerpo inánime en el vasto surco del desborde, solo el tiempo necesario para contener el desastre y regresar con fuerzas a sostenerlos a ellos.
Quiero tu expresión de quietud, tu fijeza en la tierra, el destello de sostenerme en la paz, para que el manto que te envuelve sea mi tregua y no mi condena. Descansa tú, por fin, de tu propia historia, mientras yo sostengo el letargo y el peso de los silencios que pueden sentirse a tu lado. En la calma de los adentros se podrán escuchar los sonidos del aire, del tiempo y el viento, esos primeros alientos que me avisarán que será la hora de volver.
Es ahí, justo antes de dar el paso de regreso, donde te pido una última vez que me prestes tu muerte un rato. Pero esta vez, déjamela para que al volver me dejes sin la inquietud; devuélveme a la vida entregándome la vitalidad y las respuestas que tanto le faltan a mi mente y a mi corazón. Préstame tu paz para que el viento me traiga la fuerza que me haga perdonar, o al menos el amparo necesario para sobrellevar esta sensación de vacío. Préstame tu muerte una última vez, solo el instante en que tardo en dar la vuelta, para dejar aquí el dolor y llevarme conmigo, al fin, mi vida.

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