Pacto ante el fulgor de una tregua.
Eres el objeto de mi afecto,
la voz de mis anhelos entre dos poetas
rendidos ante la precaria pasión de ser capaces de amar.
Esa dulce condena autoimpuesta
que añora en cada vida cada intento de comprensión;
rehenes de este pulso sobre el filo de una herida compartida.
No lejos de la noche,
allí donde reconocemos esa sombra nuestra que se entiende,
encuentran en ella un pacto en la piel:
el refugio exacto de una antigua ausencia.
Uno de mis poetas guarda el miedo
y el otro dicta la entrega,
pero ambos se arrodillan cuando el tiempo
se detiene en tu cuello.
Eres el equilibrio donde mis guerras se detienen;
mis dos poetas, cansados de tanto estruendo,
encuentran en tu abrazo su única mansedumbre.
Sueño con el peso de una mano que no me tema sostener.
Dentro de este abrazo, el mundo pierde su gramática;
ya no necesito que los poetas reclamen su derecho al llanto,
porque en el centro de esto,
el lenguaje se vuelve un dialecto olvidado.
Es aquí donde mi herida deja de sangrar para volverse surco.
Olvidamos el nombre de las horas,
del tiempo en el que bebimos del mismo asombro
hasta quedar deshechos a los pies del sol.
No supe cuántas veces salió el sol
y tampoco distinguía dónde terminaba su cuerpo
y dónde empezaba el mío.
Fuimos la única verdad
y, por un instante, una respiración doble
en ese naufragio de piel,
dejando que el silencio fuera el único testigo
de dos seres en calma.
Saciados de estruendos y despojados de todo rastro
en el eco de todas las batallas,
ya no hay dos nombres. Solo este aire que nos reconoce.
Mi corazón ❤️ estuvo aquí
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