Poema para mi padre
Padre,
tu nombre aún tiembla en mi boca,
como si al pronunciarlo
despertara algo que sigue respirando en mí
aunque tú ya no estés.
No sé por dónde empezar
a desatar este nudo.
Hay amor, sí,
del que nunca se queda callado,
porque nunca aprendí del todo a decirlo.
Hay dudas también,
esas que uno junta con los años
cuando quiere entender al hombre
más allá del padre.
A veces cierro los ojos
y te imagino de pie,
no como te vi por última vez,
sino como quisiera recordarte:
con esa media sonrisa cansada,
con los ojos que hablaban más que tus palabras,
con la paciencia torpe
de quien quiere amar
pero no siempre sabe cómo hacerlo.
Nadie te enseñó a ser invencible,
y aun así intentaste serlo.
Gracias, padre,
por lo que me enseñaste sin proponértelo:
por la fortaleza que a veces parecía dureza,
por la ternura escondida en tus maneras,
por lo que no supiste mostrar,
por todo lo que tenía grietas
pero venía desde tu esfuerzo cansado.
No quiero sostener reproches
ni preguntas sin respuesta.
Prefiero quedarme con los momentos breves,
con los destellos auténticos,
con la certeza de que, a tu modo,
fuimos parte de tu orgullo
y tú fuiste parte de nuestro origen.
Padre,
que tu descanso sea pleno.
Aquí seguimos,
hijos de tu historia,
y que mi vida—
la que se construyó desde una herida—
pueda convertirse en un homenaje
a todo lo que significaste.
Descansa, padre.
Dejo ir lo que pesa
y abrazo lo que me queda de ti:
la necesidad de vivir
con más verdad,
con más ternura,
con más espacio
para lo que siento.
Te ama, tu perro goldo. ♡

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